Primeros atisbos de
la escritura: los dibujos
Los testimonios más antiguos de
lenguaje escrito los encontramos en las tabletas de piedra sumerias,
encontradas en la Baja Mesopotamia y que
datan del año 3.500 antes de nuestra era; se trata de documentos de carácter administrativo y contable referentes a los impuestos que se había de pagar al
templo.
Aunque es probable que ya antes
hubiera formas primitivas de escritura, es indudable que la escritura sumeria
tuvo su origen en las exigencias propias de la economía y administración
públicas.
Con el aumento de la productividad del
país, como resultado de los sistemas de canalización y de irrigación inspirados
por el Estado, el exceso de la producción agrícola acumulada tuvo que
conservarse en los depósitos y silos de las ciudades, lo que exigió llevar una
contabilidad de los productos que ingresaban en la ciudad, así como los
manufacturados que salían para el campo.
Estas primeras inscripciones sumerias corresponden a dibujos más o menos
esquemáticos de los objetos a los que designaban. Esta primera forma de
escritura se llama pictográfica. La
escritura ideográfica, en
la que cada signo o grupo de signos expresa una idea, está muy próxima a la
anterior, hasta el punto de que no se suele hacer distinción entre ellas.
La escritura pictográfica es, al
menos en un principio, fácil de interpretar, sobre todo cuando los signos se
parecen a los objetos designados: un barco, un sol, una espiga, un pez. Este
tipo de escritura ha sido empleado por numerosos pueblos primitivos hasta hace
poco; entre otros por los esquimales y por los indios de América del Norte.
Con el tiempo, los escribas sumerios comenzaron
a registrar no sólo ideas, sino también sonidos. Combinaron signos y formaron
palabras; se parecía a los jeroglíficos de los pasatiempos en los
periódicos actuales. Por
ejemplo el signo de "sol” y
el signo de "dado" forman la
palabra "soldado'. Fue un avance
significativo y decisivo pues luego apareció la escritura fonética.
Parece ser que la necesidad de
escribir más aprisa condujo a los escribas sumerios a adoptar los signos cuneiformes (en forma de cuñas). Se imprimían con una caña cortada a bisel, en tabletas de
arcilla cruda que después se cocían.
La escritura cuneiforme es más
esquemática que la escritura ideográfica primitiva. A partir del milenio III
antes de Cristo la escritura sumeria se extendió entre diversos pueblos
mesopotámicos (acadios, babilonios, asirios), pero siempre conservó su doble
carácter pictográfico y fonético.
También la escritura de los antiguos egipcios adquirió
este doble carácter. Apareció poco después de la escritura sumeria: hace unos
5.000 años. Sus signos se llaman jeroglíficos (de las palabras griegas hieros, "sagrado", y glyphein, "grabar")
y eran considerados por los egipcios como la palabra misma de los dioses.
Champollion y la piedra de Roseta
El francés Jean-François Champollion (1790-1832) fue uno de los más
insignes egiptólogos (especialista en el Egipto antiguo). Él se consagró desde
muy joven al estudio de las lenguas antiguas (latín, hebreo, griego y después
coto, persa árabe, sirio arameo...) antes de interesarse por esta civilización.
Él resolvió el secreto de los jeroglíficos.
Los jeroglíficos egipcios tenían un
aspecto muy decorativo y fueron más evocadores que los caracteres chinos y que
los signos cuneiformes sumerios.
Sin embargo, al poder representar
tanto una idea como un sonido, fueron muy difíciles de interpretar: ello
explica que se tardase tanto tiempo en descubrir la clave de la escritura egipcia.
En 1799, un miembro de la expedición
napoleónica descubrió en Rosetta, cerca de Alejandría, una losa de basalto con
tres inscripciones que se remontaban al año -196. Una inscripción estaba
grabada en escritura jeroglífica; otra, en demótico (otro sistema de escritura
egipcio), y la tercera en griego (idioma que Champollion conocía).
Como la inscripción griega sugiere que se trata de un mismo texto redactado en
tres idiomas distintos (un texto en honor del faraón Ptolomeo V), se pensó que
la piedra de Rosetta podía conducir al desciframiento de los jeroglíficos, que
hasta entonces eran un auténtico enigma. Se sacaron copias de las
inscripciones y se enviaron a Francia, donde Champollion se entregó a su
estudio desde 1808.
Con la ayuda del texto griego,
descubrió los jeroglíficos que formaban el nombre del faraón: Ptolmys. Más
tarde logró determinar, en un obelisco descubierto en Filé en 1815, los signos que formaban la palabra
Cleopatra.
Y, a partir de los signos comunes de
estos dos nombres (P, 0 y L), consiguió establecer las equivalencias de los
demás. Había sido develado el secreto de los jeroglíficos y, con él, el de toda una
civilización.
Hacia el alfabeto
Hace más de tres mil años, los fenicios, un pueblo de marineros y
comerciantes que vivían en lo que hoy es el Líbano, tenían ya un alfabeto. Constaba de sólo veintidós
signos consonánticos, con lo cual la escritura se simplificaba
enormemente. Eran signos de valor puramente fonético. Permitían
escribir ya cualquier palabra.
Los fenicios difundieron el alfabeto
por todo el Mediterráneo y lo
adoptaron muchos pueblos.
Por ejemplo, los griegos, que le
añadieron los signos vocálicos. Los etruscos lo legaron, modificado, a los
romanos, y éstos lo propagaron entre los pueblos de su imperio.
Tras una larga evolución, el alfabeto
latino ha llegado hasta nosotros; el alfabeto griego dio origen al cirílico,
utilizado aún hoy por los eslavos, entre ellos los rusos.
Legado de roma: el latín
El latín era la lengua oficial del gobierno
y la administración romana. Se extendió por todo el Imperio.
Durante la Edad Media fue la lengua
oficial de los estados occidentales. Se convirtió en el idioma oficial de la Iglesia Católica y se mantuvo
como la lengua culta hasta el siglo VIII. Idiomas como castellano,
portugués, italiano y rumano, derivan de él.
La lengua castellana se fue diferenciando a medida que
España creció política y militarmente, y asimiló elementos de otros dialectos,
especialmente del mundo árabe. Actualmente, conserva muchas semejanzas con el
latín en sus aspectos básicos, pero, contiene profundas diferencias.
En los conventos se conservaron las
tradiciones de pureza, honradez y elevación moral del mundo clásico.Un puñado de monjes copistas, llamados así porque copiaban
los textos, se dedicaba a estudiarlo y transcribirlos; lo hacían en los
antiguos manuscritos de hermosa caligrafía, adornados con maravillosas
policromías en miniatura y que guardaban en sus bibliotecas.
Las primeras escrituras conocidas fueron inventadas por los egipcios y
los mesopotámicos durante el milenio -IV, es decir, hace aproximadamente cuatro
mil años a.C. La escritura de los egipcios es llamada jeroglífica y la de los
habitantes de Mesopotamia cuneiforme.
Eran
sistemas muy completos pero, tan complicados que su interpretación, lograda por
los europeos hace poco más de un siglo, costó ímprobos esfuerzos. Todavía en
lenguaje corriente solemos decir, refiriéndonos a una cosa que nos cuesta mucho
comprender, que es un jeroglífico. Sin embargo, en su origen, esas complicadas
escrituras debieron ser muy elementales.
Al
principio, los signos fueron sólo dibujos de objetos, y su finalidad era
referirse a esos objetos o expresar una idea fácilmente sugerida por su contemplación.
Así, por ejemplo, el dibujo del disco solar podía significar el Sol, pero
también la idea de día. Dos flechas con sus puntas opuestas podían sugerir la
idea de guerra.
Esta
manera de escribir, rudimentaria y simple, es conocida con el nombre de
escritura pictográfica, o sea escritura pintada.
En
Egipto y Mesopotamia, las primitivas escrituras también fueron pictográficas,
pero luego esto cambió fundamentalmente.
Los
signos dejaron de ser representación del objeto dibujado o de una idea que a él
se vinculara para expresar, en cambio, el sonido de la palabra correspondiente
a ese objeto. El dibujo, del disco solar ya no representó al Sol, o al día,
sino al sonido de la sílaba sol.
En
consecuencia, para escribir las palabras soledad, solución, soldado, debería
emplearse en primer término el signo del Sol, el cual, en este caso, ya no
tendría valor como dibujo pictográfico de una cosa, sino como expresión de un
sonido. Puesto que los signos valen como sonidos, se llama a este sistema de
escritura, escritura fonética (de fonos, sonido), este cambio señaló un cambio
extraordinario, porque a partir de ese momento las escrituras jeroglífica y
cuneiforme tendieron a ser lo que es la nuestra: una representación de los
sonidos que emitirnos al hablar.
El
empleo de los signos fonéticos fue el invento creador de la verdadera
escritura. Porque antes sólo podían representarse cosas o ideas, mientras que
en adelante, con la combinación de signos fonéticos, pudieron escribirse las
palabras.
Sin
embargo, los sonidos representados por jeroglíficos y cuneiformes eran sonidos
complejos, equivalentes a nuestras sílabas.
Quedaba
pues, un gran progreso a realizar, reducir el número de signos a los
estrictamente indispensables para representar los sonidos más simples que puede
modular la garganta humana.
Esto
fue obra de los fenicios, pueblo comerciante de Oriente, que hacia el año -1000
inventó el primer alfabeto, del que, a través de griegos y romanos, deriva el
nuestro.
La escritura egipcia
Los
egipcios escribían con una pequeña caña puntiaguda, mojada en una especia de
tinta que se preparaba con agua, goma y algunas sustancias vegetales que le
daban el color. Usaban como papel los tallos de una caña, el papiro (de ese
nombre ha derivado nuestra palabra papel), que crecía abundantemente en las
orillas del Nilo.
Las
inscripciones en las paredes de los monumentos y las tumbas eran, por lo
general, grabadas o pintadas; los egipcios se preocupaban en tales casos de que
los signos fuesen ejecutados con mucha precisión y exactitud. En cambio, cuando
se escribía sobre papiro no se respetaba esa minuciosidad en el dibujo y así se
fue desarrollando un tipo, de escritura popular más simple, diferente de la
otra, como son diferentes, entre nosotros, la escritura a máquina y a mano.
La escritura
jeroglífica fue usada en Egipto durante más de 3 000 años. Pero los
conquistadores que sucesivamente dominaron esas regiones orientales, trajeron
otros sistemas de escritura e hicieron caer en desuso y en el olvido los viejos
signos jeroglíficos. Esta situación se mantuvo hasta principios del siglo XIX,
en que los jeroglíficos fueron descifrados por el francés Champollion.
Champollion
encontró la clave de los jeroglíficos estudiando las inscripciones contenidas
en un bloque de piedra hallado en la localidad egipcia de Roseta, que databa de
la época en que los griegos dominaron el antiguo Egipto, es decir 2 000 años
antes. Contenía una inscripción redactada en tres escrituras: 1, jeroglífica;
2, popular, o sea jeroglífico simplificada; y 3, griega. Las tres inscripciones
correspondían, así, a dos lenguas. La egipcia, desconocida, y la griega,
conocida. Era común, durante la dominación griega, que los decretos reales se
escribieran simultáneamente en lengua egipcia, con signos egipcios
simplificados o complejos, y en lengua griega, con signos griegos.
La escritura mesopotámica
La
escritura mesopotámica es conocida con el nombre de cuneiforme porque los
signos que la componen tienen la forma de una cuña o de un clavo (cuneus). Esto
signos en forma de cuña son pues, muy diferentes de los jeroglíficos egipcios,
los cuales representan generalmente animales y cosas. Los signos cuneiformes
fueron también originalmente dibujos de animales y cosas, pero perdieron
paulatinamente esa forma debido a que se escribían sobre pequeñas tabletas de
arcilla blanda, que luego se endurecían por cocción. En ellas se grababan los
signos con una especie de punzón de caña o de hueso.
Al
escribir de ese modo era más fácil combinar líneas rectas que trazar la curva
de un contorno. Por ello, se fue simplificando poco a poco el signo primitivo,
reduciéndolo a una combinación de caracteres rectos, horizontales, verticales y
oblicuos, cuyo aspecto de cuña se explica por la forma de la base del punzón y
por la manera de apoyarlo sobre la tableta (con más fuerza al empezar el signo,
para hendir la arcilla).
La
escritura cuneiforme se generalizó, y fue empleada no sólo por los pueblos de
Mesopotamia, sus inventores, sino también por los de Siria, Palestina, Asia
Menor y Persia.



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